Situación actual

Los bosques atlánticos termófilos ocupan áreas costeras del piso colino, que son las zonas más propicias para los asentamientos humanos debido a su fácil acceso, su elevada productividad agrícola y la benignidad de su clima. En el caso de los bosques atlánticos de montaña, a pesar de estar en zonas más hostiles para las personas, fueron roturados y eliminados de grandes zonas para la obtención de pastos, aprovechados para la obtención de leñas primero y carbón vegetal después, además de otros aprovechamientos madereros.

Todo ello, sumado a la temprana colonización de Europa por parte del ser humano, más intensa en las zonas costeras, es la principal causa del elevado proceso deforestador al que se vieron sometidos los bosques atlánticos europeos desde el Neolítico. La superficie ocupada por bosques de forma natural en Galicia y gran parte de la Europa Atlántica debía rozar el 100%, en la actualidad ese porcentaje es muy inferior.

Esto ha provocado que este tipo de bosque sea uno de los más escasos y amenazados del mundo, quedando relegado a zonas de difícil acceso o áreas improductivas desde el punto de vista humano, como barrancos y cañones fluviales, roquedos y laderas pedregosas o áreas pantanosas, zonas inundables y riberas fluviales, además de áreas de montaña aisladas o con escasa población humana.

Con la llegada de la revolución industrial y los avances tecnológicos, desaparecieron algunas presiones sobre los bosques; el uso de leñas y carbón vegetal se vio reducido hasta casi desaparecer, y la intensificación de la agricultura, sumado al éxodo rural a las zonas urbanas, hizo que la demanda de superficie cultivable disminuyera considerablemente. Todo esto permitió que grandes extensiones de territorio fueran abandonadas y progresivamente recuperadas por la vegetación leñosa, aumentando considerablemente la masa forestal en el continente europeo.

Con todo, los nuevos tiempos trajeron consigo nuevas amenazas, la industrialización de la explotación forestal produjo la entrada de especies exóticas de rápido crecimiento, fundamentalmente los pinos y eucaliptos, que fueron extendiéndose sobre enormes superficies de monte mediante plantaciones forestales, en muchos casos sobre terrenos abandonados o en desuso, pero en otros muchos mediante la sustitución de la cobertura forestal previa de bosque autóctono, fundamentalmente en zonas costeras.

Todo este proceso histórico de incidencia humana sobre el territorio, sumado a la constante de los incendios forestales, que nunca han dejado de estar presentes en Galicia desde el Neolítico, así como las nuevas amenazas de creciente presión urbanística en los entornos más poblados o la expansión de cada vez más especies exóticas, sobre todo animales y plantas, pero también plagas de hongos y otros organismos, ha terminado configurando el contexto actual y la situación presente de nuestros bosques.

En definitiva, nos encontramos con la total ausencia de bosques primarios, aquellos bosques que nunca han sufrido alteraciones significativas por parte de la actividad humana; con una estructura muy compleja, grandes y viejos árboles, una gran cantidad de madera muerta y una biodiversidad rica y variada. Lo que resta son bosques secundarios, por lo general muy fragmentados y de escasa superficie, con ausencia de grandes bosques viejos, predominancia de bosques jóvenes o de expansión reciente, además de extinciones locales o regionales de especies antes presentes.

Todo ello hace que los pocos reductos de bosque natural bien conservado que persisten sean de gran valor patrimonial, ambiental, social y económico. Son la última representación del patrimonio natural propio, sistemas naturales que ayudan a regular los procesos y ciclos de nuestro entorno, asegurando nuestra supervivencia y calidad de vida, ofreciéndonos un valor incalculable que tenemos la responsabilidad de proteger y mejorar.